exhibicionista
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Subió salvajemente mi falda negra, sus movimientos eran rudos, casi violentos, y paradojicamente, casi dulces. Seguía mirandome, sin mover su vistade mis ojos que imploraban que me haga suya. En silencio, siempre en silencio, entendió mi plegaria. Me sentó sobre su pelvis y sin emitir palabra ni gesto alguno, me penetró. El silencio dejó de existir. Un gemido ensordecedor quebranto nuestra atomosfera sin palabras, sin sonidos, sin siquiera el soneto dela respiración.